Es urgente una metanoia

Por Antonio Barrios Oviedo/LaEstrelladeOriente56.com

Decía Carl Sagan que “somos una especie ingeniosa a la hora de abrirnos camino y sabemos qué hacer. A menos que resultemos mucho más estúpidos de lo que creo, de las crisis medioambientales de nuestro tiempo debería surgir una integración de las naciones y las generaciones, e incluso el final de nuestra larga infancia”.

Un nuevo humanismo es urgente de la mano de un nuevo pensamiento y una nueva forma de hacer las cosas. Una perestroika (reestructuración), un glasnost (transparencia) y una metanoia (un cambio de dirección), conceptos que surgieron en la época de los grandes cambios emprendidos por Gorbachov para salvar la crisis del sistema soviético como la que hoy vive Europa y el mundo de la pandemia. Pero la metanoia es más compleja y no es posible alcanzarla si no se cumplen las dos primeras.

El mundo no puede continuar por el mismo camino, es perentorio hacer un giro, replantear todo lo avanzado y lo retrocedido, en virtud de construir un sistema internacional social, no monetarista, pensado en enriquecer con calidad y no cantidad a las personas. No para las élites acumuladoras de poder económico y político, sino para un mundo allá afuera con cientos de millones de personas en pobreza extrema.

El hecho de que se haya logrado vencer la gravedad con la invención del avión para que el ser humano pudiera volar, no lo coloca en una posición superior a las aves que por acto natural vuelan. La tecnología se ha hecho tan poderosa que parece más un peligro para nosotros mismos que una protección. Hiroshima y Nagasaki, y las armas químicas y biológicas que vinieron después mostraron esa embriaguez por matar a más gente en el menor tiempo posible.

Woodrow Wilson, presidente de Estados Unidos, luego de terminar la Primera Guerra Mundial, prometió que esa sería la guerra que acabaría con todas las guerras. Su idealismo murió con la Segunda Guerra Mundial y luego de esta llegaron 170 guerras más. Por el lado noble, la ciencia y la tecnología han salvado millones de vidas y alargado la expectativa de vida de las personas, transformando al planeta en una simbiosis extraordinaria mediante las comunicaciones que lo hacen parecer muy seguro.

Han sido creados una gran variedad de nuevos monstruos tecnológicos difíciles de ver y vencer, de comprender, pero que tienen un mercado de compra, convertidos en forma de poder y control, imposibilitando la solución a los problemas con la inmediatez requerida. Pese a los avances en muchos campos, ergo la pandemia del coronavirus por la obtención de una vacuna, no solo nos deja en ridículo como civilización, sino que queda al descubierto el desconocimiento y el falso humanismo que tanto se pregona desde los foros internacionales. El creciente empoderamiento ciudadano debería poder enfrentarse con quienes detentan el poder, dedicados a ocultar las barbaridades de sus pensamientos y de sus actos.

Nuestra civilización industrial es una trampa explosiva por la sobreexplotación de todo a su alrededor. La gente no quiere saber que todo lo que sustenta sus vidas podría acabarse. Dan por un hecho ineludible que siempre habrá petróleo, que nunca faltará el agua ni los minerales, que siempre habrá alimento y no faltará el dinero para las necesidades más indeseables, ofensivas o superfluas, cuando decenas de millones de personas deben vivir con menos de un dólar al día.

Si bien la civilización ha sobrevivido a tantos posibles “exterminios” (no yéndole bien a los dinosaurios), la pregunta es: ¿por cuánto tiempo más? Entender que todo tiene un límite debería ser la señal o la advertencia para hacer un alto en el camino para esa metanoia o cambio de dirección, o llegará el momento en que no quede nadie para contar lo sucedido. Qué vamos a hacer luego de que el polvo de la pandemia se asiente y el creciente autoritarismo estatal nos dé luz verde para salir del encierro físico y abramos los ojos a la luz del sol.

Cuál es esa “normalidad” a la que todos quieren volver luego de la pandemia. ¿Significa continuar menguando todo a nuestro alrededor, jactándonos de ser “sobrevivientes” de la pandemia? Quizá no por mucho tiempo porque un próximo golpe como este podría estar a la vuelta de la esquina. Nos corresponde ajustarnos a las circunstancias, ahí está la prueba de nuestros actos como colectivo social o de un grupo de poder que nos toma como su experimento.

Es vital un nuevo contrato social Rousseauniano. Tendrá sus detractores y dirán que no hay de qué preocuparse y que todos los males que nos rodean dejarán de existir con un chasquido de los dedos. Reflexionar, imaginar, elucubrar no cuesta nada; hacer los cambios, sí. “Que otro haga los cambios”, es el decir común, “yo me acomodo a lo que sea”. Por lo general, sin ánimo de generar animadversión, la gente se siente cómoda donde está, prefieren lo que pueden controlar que enfrentarse a lo desconocido. De hecho, en lo desconocido es donde se encuentra la metanoia.

En esta pandemia los medios de comunicación, un gran poder de dominación social —en muchos casos con una mal intencionada estrategia goebbeliana de repetición de información (a propósito del coronavirus) hasta la coronilla—, han logrado que millones de personas asuman de forma siniestra una posición ciega sobre un hecho. Una creciente pandemia del miedo a cuestionar las decisiones de los gobiernos por más abyectos que resulten son la nueva herramienta del poder para redefinir el nuevo terrorismo y al “terrorista”.

Les dijeron a millones de personas: la vida o la muerte, y el mensaje de fondo es que todos los problemas previos a la aparición de la pandemia son el menor de los males; es decir no habrán opciones. ¡Vaya control social! En una próxima oportunidad, sin necesidad de una nueva pandemia y con el chasquido de los dedos del Estado, con la ayuda de lo policial-militar, todos estarán calladitos de nuevo confinados en sus casas. Algo así como la canción-protesta de Pink Floyd: “Another Brick on The Wall”. No más huelgas, no más marchas, no más protesta, no más cuestionamientos.

En la actualidad nos enfrentamos a una circunstancia completamente nueva, estamos en una carrera contra el tiempo y el espacio sin precedentes en toda la historia de la humanidad. El mundo hace unos miles de años era “gigante”, costaba ver un individuo a muchos kilómetros a la redonda.

Hoy estamos unos encima de otros, en un reducido espacio geográfico, donde las tensiones aumentan, donde lo visual se ha acortado a escasos metros o centímetros. Con esas dicotomías difíciles de vencer o por lo menos diferenciar, cuando parece que estamos en el campo, seguimos en las ciudades; cuando parece que estamos en casa, seguimos en el trabajo; cuando parece que dormimos, estamos despiertos; cuando parece que somos fuertes, somos débiles.

Desde que somos capaces de alterar el (des)orden global, ¿podríamos en esta etapa pospandemia ser capaces de crear un nuevo individuo, nuevos principios éticos y morales, un orden más justo sin los perjudiciales designios del poder? O empezamos una pandemia del nuevo orden social o continuaremos en el absolutismo económico y político del presente. Como bien decía John Donne, poeta metafísico inglés en 1611: “Cada nuevo mundo puede ser más seguro si les explican los peligros del antiguo”.

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