Generación de jóvenes convierten a China en el epicentro de la innovación tecnológica mundial

“Hace una década, China se limitaba a copiar al Silicon Valley estadounidense. No tardó en crear réplicas de Google, Yahoo o Amazon. Sin embargo, hoy una nueva generación de jóvenes está transformando al país en el epicentro de la innovación tecnológica mundial”.

De Elpaissemanal.pais.com

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

“El gigante asiático está consolidándose como la meca de los emprendedores con ideas”

El joven programador tenía una idea, y todo el mundo pensó que era una locura. Recién salido de la universidad, había conseguido trabajo como programador de software para YY, una red social de vídeo en directo con sede en la gigantesca ciudad china de Cantón, en el delta del río de las Perlas. Cada mes, más de cien millones de personas suben sus vídeos o ven los de otros usuarios cantando, jugando a videojuegos o presentando programas de entrevistas desde sus pisos de Pekín. Y no acaba ahí: los espectadores pueden dialogar con los protagonistas de los vídeos –lo hacen mucho, y mucho– de viva voz o a través de mensajes de texto.

El programador pensaba que YY debía probar algo nuevo: utilizar su eficiente tecnología de streaming para organizar un servicio de citas que funcionaría de forma parecida a los programas televisivos de búsqueda de pareja. Un anfitrión crearía un salón en la Red, invitaría a solteros solitarios y les animaría a que charlasen entre ellos. Con suerte, algunos continuarían la conversación fuera de las cámaras.

Pero los directivos de la empresa tenían dudas. “El consejero delegado estuvo a punto de rechazarla”, cuenta Eric Ho, director financiero, en el cuartel general de YY, donde ingenieros y diseñadores que escriben código sin parar abarrotan tres plantas enteras. “¿Estás seguro de que quieres hacer eso?”, le preguntó el consejero al joven. “Es una tontería. ¡No creo que le guste a la gente!”. Pero el programador se mostró entusiasta e insistente, así que le dijeron: vale, haz un intento.

El gigante asiático está consolidándose como la meca de los emprendedores con ideas

Antes en China no existía este tipo de empleado. Hace 10 años, los expertos del sector se lamentaban de que el país no contaba con suficientes innovadores. Había algunas empresas de alta tecnología muy rentables, sin duda, pero era poco frecuente que asumieran riesgos creativos y, en general, se limitaban a imitar al Silicon Valley estadounidense: Baidu era una réplica de Google; Tencent, una copia de Yahoo; JD, una versión de Amazon. Los licenciados deseaban trabajar en empresas grandes y consolidadas. El objetivo era la estabilidad: la China urbana acababa de dejar atrás décadas de pobreza y gran parte de las zonas rurales estaban todavía a la espera de que llegara su turno. Era mejor comportarse con discreción y mantenerse a salvo.

Hoy está desapareciendo esa actitud, barrida por un aumento de la prosperidad que ha colmado de confianza y audacia a los jóvenes techies  urbanos. En el año 2000, apenas el 4% de China pertenecía a la clase media; en 2012, dos tercios entraban ya en esa categoría. En ese mismo periodo, la educación superior se multiplicó por siete: en 2015 se licenciaron siete millones de personas. El resultado es una generación creativa a la que no le importa arriesgarse. “Estamos viendo a jóvenes de veintipocos años que fundan empresas recién salidos de la Facultad, e incluso algunos que han abandonado los estudios”, señala Kai-Fu Lee, inversor de capital riesgo y veterano de Apple, Microsoft y Google, que lleva los últimos 10 años recorriendo el país para ayudar a estos nuevos empresarios a hacer realidad sus proyectos. Ahora las grandes ciudades están llenas de inventores y emprendedores ambiciosos. Ya no quieren trabajar en Google o Apple, quieren construir el próximo Google o Apple.

XinCheJian, el primer laboratorio para hackers de China, se inauguró en Shanghái en 2010. Zachary Bako
Oficinas de Zepp. Su aplicación de entrenamiento personalizado supera las 300.000 descargas en la app store de Apple. Zachary Bako

Cualquiera que tenga una idea prometedora y cierta experiencia puede encontrar el dinero que necesita. En 2014, los inversores de capital riesgo inyectaron en torno a 14.000 millones de euros en start-ups chinas: a los emprendedores les llueven la financiación y el asesoramiento de business angels  millonarios. Incluso el Gobierno chino, que desconfía de la libertad de expresión en la Red y dispone de un inmenso aparato de censura digital, ha creado un fondo de 6.000 millones de euros para start-ups. Ahora que el crecimiento de la economía ha sufrido un frenazo, después de dos décadas de vertiginosa expansión, el partido comunista está buscando nuevas fuentes de empleo de calidad. Y la tecnología encaja a la perfección.

En cuanto a YY, los directivos hicieron bien en dar su autorización al imaginativo informático. El programa de citas arrancó en 2014 y se convirtió en un éxito. También generó enormes beneficios. En sus nueve primeros meses ingresó alrededor de 14 millones de euros, una suma que aumenta día a día. YY cerró 2014 con unas ganancias de 519 millones de euros. El próximo Silicon Valley ha nacido y está en Oriente.

“Los jóvenes chinos ya no quieren trabajar en google o apple, quieren construir el próximo google o Apple.

A finales de los noventa, el boom tecnológico de China ya produjo su propia web 1.0: motores de búsqueda, herramientas de correo electrónico y blogs, portales de noticias y el enorme bazar de venta por Internet que es Alibaba. Por aquel entonces, China necesitaba desesperadamente copias de las empresas estadounidenses porque a estas les resultaba complicado operar en el país asiático. El Gobierno bloqueaba muchas páginas extranjeras mediante un complejo sistema de filtros conocido como el Gran Cortafuegos de China. De todas formas, las empresas locales jugaban con ventaja: solo ellas habían entendido las particulares demandas de los usuarios digitales chinos en los primeros años 2000, cuando el acceso a Internet era todavía escaso. Por ejemplo, hace una década eBay intentó dominar China, pero fracasó, en parte porque muchas pequeñas empresas no tenían aún ordenadores o conexión a Internet. El fundador de Alibaba, Jack Ma, lo sabía, así que reunió a un enorme equipo de ventas que diseminó por todo el país con la misión de enseñar a los comerciantes a conectarse. Como extra, como parte de esta estrategia también superó a la plataforma de pagos PayPal, propiedad de eBay, con Alipay, que mantiene el dinero del cliente en depósito hasta que recibe la mercancía y se declara satisfecho. Así consiguió que en China se empezara a confiar en las tiendas en la Red. Empresas como Baidu y Alibaba aprovecharon esa primera cresta de la ola y se convirtieron en los grandes dragones de la tecnología china, produciendo millonarios como Michosoft  había hecho en los noventa.

El éxito de las compañías clónicas preparó el terreno para los pequeños dragones:  empresas innovadoras de la web 2.0 que empezaron a surgir en torno al año 2010. Los grandes dragones fueron el modelo, pero, sobre todo, construyeron las infraestructuras que han permitido el auge actual.

En esta segunda oleada, una de las compañías de más éxito es Meituan, que se ha convertido en un gigante del comercio electrónico porque permite que pequeños comercios de todo el país publiquen sus ofertas a los compradores que se conectan a través de su página web o su aplicación móvil. Su sede en Pekín parece una selva tropical: hay plantas de grandes hojas verdes junto a cada mesa de trabajo, y los humidificadores lanzan nubes de vapor. Los ingresos de la empresa se han disparado en sus cinco años de vida: en 2014 realizó transacciones por valor de más de 6.200 millones de euros de sus 900.000 socios.

Wang Xing, el esbelto y discreto consejero delegado de Meituan, es un emprendedor reincidente, que sigue con atención el giro creativo en las start-ups chinas. Ya había creado clones de Facebook y ­Twitter cuando, en 2008, advirtió el ascenso de Groupon. En aquel entonces ya tenía la experiencia suficiente como para detectar los fallos en el modelo de negocio de esta plataforma de códigos de descuento. Groupons se quedaba con una gran parte –hasta el 50%– de lo obtenido en cada transacción, y eso creaba resentimiento entre los comerciantes, que siempre perdían dinero, pero apretaban los dientes y confiaban en que les sirviera para fidelizar a nuevos clientes: no solía ser el caso. Wang, en cambio, quería que Meituan facilitara a los comercios cobrar a sus clientes y permanecer en contacto con ellos. Al fijar un límite a la comisión de Meituan, solo el 5%, se aseguraba de que estos casi siempre ganaran dinero.

Los chinos ansían una mayor expansión del comercio electrónico porque es menos corrupto que el tradicional

Wang también empezó a desarrollar tecnología de comercio electrónico para terceros. Saca su teléfono para enseñarme un ejemplo. Sus programadores se repartieron por cadenas de cines de todo el país para conectar la aplicación de Meituan a sus sistemas de venta de entradas. Fue un trabajo laborioso, pero ahora los espectadores no solo pueden comprarlas a través de Meituan, sino que hasta pueden escoger su asiento. Es una idea sencilla e ingeniosa, y ha conseguido que un tercio de todas las entradas de cine en China se vendan a través de esta app.

Una decisión astuta, porque lo que los miembros de la clase media urbana china quieren cada vez más es servicio –y comodidad–. Con sus móviles de alta gama y su ropa comprada en elitistas boutiques ­europeas, utilizan el teléfono prácticamente para todo: Alipay, para pagar el taxi que les lleva a la fiesta de un disc jockey  en el distrito del arte de las afueras de Pekín; WeChat y su función de compartir ubicación, para que sus amigos sepan dónde están; Meitu, que permite compartir fotos y embellecerlas con filtros varios, para publicar selfies. En 2013, el sector de los servicios ingresó el 44% de todo el dinero gastado por la clase media china, una cifra que la consultora McKinsey prevé que crecerá hasta el 50% de aquí a 2022 teniendo en cuenta el ritmo en que los jóvenes urbanos pagan a través del móvil todo tipo de cosas, desde masajes hasta comida para llevar, peluquería y salones de manicura. Ni siquiera el reciente hundimiento del mercado parece haber hecho mella en el consumo de la clase media.

Un empleado del gigante del comercio electrónico Meituan. Zachary Bako

El comercio electrónico, ya muy establecido en China, tiene un margen de crecimiento asombroso: todavía existen muchos servicios cotidianos que no están en la Red. Por ejemplo, el 80% de las habitaciones de hotel se siguen reservando offline. Y la gente está deseosa de una mayor expansión del e-commerce  no solo por su comodidad, sino porque es mucho menos corrupto y opaco que el comercio tradicional. Como señala el experimentado inversor Kai-Fu Lee, este último está infestado de incompetentes y mercachifles. “En Estados Unidos, cientos de años de libre competencia han hecho que el comercio sea relativamente limpio y transparente”, explica. En China, no. Y asegura que las empresas online están garantizando que las transacciones sean más claras y fiables.

La corrupción es tan solo uno de los muchos desafíos de China. Los dirigentes e inversores del país se enfrentan a falta de transparencia en los bancos, sobornos a reguladores oficiales, contaminación creciente, medidas represoras contra la libertad de expresión y una población rural que anhela mejores puestos de trabajo en las ciudades.

El estallido creativo de China en los servicios web es importante, pero todavía lo es más la ventaja que tiene sobre Estados Unidos en hardware. El país lleva 30 años convirtiéndose en la principal fábrica del mundo, y ciudades costeras como Shenzhen y Cantón están llenas de empresas relacionadas con la electrónica, desde pequeños talleres de tres personas hasta los complejos de 30.000 empleados de Foxconn, de donde salen los iPhone. Todos ellos saben muy bien cómo hacer cosas, así que era casi inevitable que los emprendedores locales se pusieran las pilas. Como viven junto a las fábricas o frecuentan los mercados de productos electrónicos, son los primeros en advertir la aparición de nuevas tendencias en equipos y aparatos.

“En China es más fácil que en otros sitios porque tenemos Shenzhen, epicentro mundial de la fabricación de hardware”, dice Robin Han, de 32 años, cofundador de Zepp Labs, una empresa de hardware con sede en Pekín que es la niña mimada del mundo deportivo: Zepp fabrica un sensor cuadrado que traza el movimiento de un palo de golf, un bate de béisbol o una raqueta, y ayuda a mejorarlo a través de una app de iPhone. A Han le picó el gusanillo emprendedor hace cinco años, cuando era un estudiante de doctorado y trabajaba en el departamento de investigación de Microsoft en Pekín. La vida en una gran empresa es estable, pero uno puede trabajar durante años en un proyecto y que nunca llegue a hacerse realidad. El éxito escapaba a su control, explica.

“Cada vez más occidentales recurren a las aceleradoras chinas. ha nacido el próximo silicon valley y está en oriente”

Han y un amigo suyo, Peter Ye, responsable de I+D en Zepp, me conducen al sótano, en el que han construido una gran jaula para pruebas. “Pasamos muchas horas aquí perfeccionando los sensores y mejorando nuestro swing”, reconoce Han. Las paredes están salpicadas de huellas de bolas perdidas. Su prototipo funcionó tan bien que llamó la atención de un representante de Apple que estaba visitando China en busca de productos para su Apple Store. Desde que la tienda lanzó el sensor de Zepp en todo el mundo, en 2012, Zepp ha tenido más de 300.000 descargas.

Han y Ye pusieron Zepp Labs en pie con 1,3 millones de euros de capital semilla y aprovecharon sus contactos para encontrar una buena fábrica que pudiera desarrollar el prototipo de su dispositivo y después producirlo en serie. Ese último paso –encontrar un fabricante competente, del nivel de Foxconn, con gran experiencia en resolver con elegancia problemas de diseño– ha sido siempre la parte más difícil de cualquier proyecto en China. Sin embargo, en los últimos años, esto también ha cambiado: ha surgido toda una comunidad de intermediarios que se dedican específicamente a gestionar la relación entre empresarios y productores.

China también ha experimentado un movimiento de laboratorios hacker. Uno de los fundadores del primero –XinCheJian, en Shanghái– es el empresario de Internet David Li, que lo impulsó en 2010 al darse cuenta de que las herramientas baratas estaban permitiendo que los inventores amateurs produjeran prototipos cada vez más profesionales. Hoy día, los creadores locales de toda China se mezclan con extranjeros que llegan de todos los rincones del mundo a XinCheJian, se intercambian ideas y visitan fábricas en viajes organizados por Li para ayudarles a comprender cómo funciona el ecosistema del hardware en China.

Espacio para pruebas en el sótano de Zepp Labs. Zachary Bako

“Siempre animo a la gente: haz rápido tu prototipo, intenta encontrar socios que lo fabriquen y remata tu campaña de Kickstarter”, me explica Li, sentado en la mesa central de este hackerspace. A sus espaldas, las salas están llenas de tornos de metal, herramientas eléctricas y filas de impresoras 3D.

El culmen de la innovación china se concentra en cuatro torres de oficinas situadas junto a un barrio residencial a las afueras de Pekín. Son la sede central de Xiaoli Fundada en 2010, la empresa se ha hecho famosa por fabricar teléfonos móviles comparables al iPhone –con procesadores muy rápidos, grandes pantallas y un elegante sistema operativo llamado MIUI–, pero a mitad de precio. Xiaomi despachó 61 millones de teléfonos en 2014 y durante parte de 2015 fue la marca de móviles más vendida en China. Aunque sigue siendo de capital privado, en 2014 los inversores anunciaron que tenía un valor de 40.000 millones de euros.

Lei Jun, fundador y consejero delegado de Xiaomi, fue un emprendedor en serie que tuvo la oportunidad de cometer sus primeros errores –y hacer fortuna– hace 10 años: fue entonces cuando creó la librería online Joyo, que después vendió a Amazon. Rápidamente se convirtió en business angel e invirtió dinero en la siguiente generación de innovadores –como YY– y tejió una red de contactos con los mejores diseñadores e ingenieros jóvenes del país. En 2010 fundó Xiaomi y contrató a un equipo de profesionales brillantes para, sin tiempo que perder, producir un fantástico sistema operativo para móviles y colocarlo en la Red en agosto de ese mismo año.

A los techies chinos les encantó. Pero, si Xiaomi quería que ese sistema operativo se lo descargaran millones de personas, era necesario fabricar y comercializar los aparatos. Foxconn se convirtió en uno de sus fabricantes principales. Por otro lado, la empresa ideó un sistema de ventas muy eficaz: cada nuevo modelo se vendía al principio en cantidades limitadas –por ejemplo, 50.000 unidades– a través de una venta flash semanal en su web. La idea de la exclusividad enloqueció a los fans. Los pocos afortunados que se hacían con los teléfonos presumían de ellos ante sus amigos hipsters, que se morían de envidia. Pasado un tiempo, Xiaomi lanzaba una venta más amplia para satisfacer la impaciente demanda.

La generación creativa de China ha demostrado que está lista para competir directamente con las principales marcas tecnológicas del mundo. “Apple y Samsung hacen bien en estar preocupadas”, dice el célebre hacker Bunnie Huang –la cuota mundial de Samsung en el mercado de smartphones cayó del 32,3% en el segundo trimestre de 2012 al 21,4% en el mismo periodo de 2015–. A la hora de lanzar hardware, a los inventores chinos también les beneficia la proximidad al mayor nicho de consumidores del mundo, que no deja de crecer a toda velocidad. La primera gran expansión internacional de Xiaomi no fue en Estados Unidos, sino en India, un país mucho más grande, aunque más pobre, en el que vendió un millón de teléfonos en el tercer trimestre de 2014. La empresa comprendió que China e India juntas son un tercio del planeta. En comparación, Estados Unidos, donde muchos consumidores ya tienen smartphones, no es un mercado especialmente grande.

Sin embargo, aunque hay empresas chinas como Xiaomi que se atreven a desafiar a los gigantes tecnológicos, las oportunidades también son cada vez mayores para los occidentales: es más fácil que nunca ir a trabajar a China. Hoy acuden de forma habitual a los aceleradores de hardware y software en las ciudades costeras para reunirse con aliados locales o encontrar fábricas. El año pasado, una mujer francesa llegó a Shanghái dispuesta a colaborar con programadores chinos con el fin de crear un e-commerce para el vino francés dirigido a los restaurantes elegantes en los que cenan los urbanitas. Los jóvenes inventores estadounidenses se congregan en H@xlr8r, en Shenzhen, donde hacen prototipos de todo, desde cámaras GIF retroanimadas hasta robots para crear píldoras a medida. China está consolidándose como una meca para la gente con ideas. La historia se repite, aunque el destino ha cambiado: la generación anterior se dirigía al Silicon Valley californiano.

 

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