RD en medio de la guerra de Trump y China

“La nación, más poblada del planeta con 1,400 millones de habitantes, es desconocida entre nosotros, excepto por las imágenes del “barrio chino y sus comidas”, el anti-elegante cuello Mao de la antigua propaganda comunista en las ropas, la Gran Muralla una de las 7 maravillas de la antigüedad y la prohibición religiosa”

Dr. Angel Lockward

SHANGHAI. Hace poco, mediante lo que en derecho se conoce como un acto político, no sujeto a control judicial, ni político, el Presidente Medina estableció relaciones diplomáticas con China y, de pronto, nos colocamos en medio de la guerra comercial anunciada entre ella y Estados Unidos: otros tres países latinoamericanos, también rompieron con Taiwan, la “provincia rebelde”.

La nación, más poblada del planeta con 1,400 millones de habitantes, es desconocida entre nosotros, excepto por las imágenes del “barrio chino y sus comidas”, el anti-elegante cuello Mao de la antigua propaganda comunista en las ropas, la Gran Muralla una de las 7 maravillas de la antigüedad y la prohibición religiosa. Lo cierto es que visitar el Gigante Asiático con esas ideas, es andar perdido.

Renegando de las erradas bases ideológicas del comunismo, empezó algunas prácticas de mercado capitalista que, con su enorme mano de obra, letrada en programas forzados, le proveyeron de una amplia oferta de bienes, permitiéndole incorporar a gran parte de la población al consumo y, convertirla en la economía mayor exportadora del planeta, sin sindicatos y a precios muy bajos, que colocaron a Europa y Estados Unidos en desventaja: Trump reacciona a un déficit comercial de USD 400 mil millones de dólares en bienes, recibe productos por USD$ 505,597 millones y sólo vende unos USD$ 130,370 millones.

El enorme mercado Chino no requiere – todavía – de calidad sino de suplir una necesidad, por eso una cartera, hecha y vendida allí, materialmente igual a Luois Voitton vale la décima parte en algunas tiendas en Pekín; igual sucede con todos los bienes, por ese motivo no pueden renunciar a suplirlos sin “derechos de autor”, en el corto plazo, como reclaman Estados Unidos y Europa. La imposición de impuestos a unos 5,500 productos chinos decretada por Trump, equivalente a unos USD$ 200 mil millones –bolsos, prensas, ropas y arroz -, es más soportable, sobre todo porque sin opinión pública, el Gobierno de Pekín no le rinde cuentas a nadie y su PIB apenas caerá la décima parte del uno por ciento; en Norteamérica, por otra parte la réplica de impuestos a 4,000 productos norteamericanos – gas natural, partes de autos, productos químicos -, equivalente a unos USD$ 60 mil millones dañara a los agricultores y ganaderos con fuertes y obvios efectos electorales: La Guerra Comercial, ninguno la gana, los ciudadanos pierden, pero hay más costos políticos y económicos en un lado que en el otro.

China es una máquina de consumo retenido, nueva e insaciable, en su territorio y fuera de él, por eso es el principal emisor de turismo del mundo con 129 millones de turistas de los cuales unos 14 van a Europa y 2.7 a Estados Unidos: Al Caribe, incluida Cuba, muy pocos, esa constituye una ventana a República Dominicana que debe ser explorada por el Presidente Medina en su viaje con ofertas innovadoras.

Aprendiendo del capitalismo, están descubriendo que el opio de los pueblos es el mejor negocio turístico, sobre todo porque reciben 59 millones de visitantes y, de esta forma, los templos budistas, musulmanes y otros, abandonados a la polilla durante el apogeo comunista, vienen siendo rehabilitados por el Estado; no se debe olvidar que la principal religión, el budismo, tiene su origen en la India, que en el 2020 tendrá una población igual o superior a China y, con los cristianos, minoría, han empezado por firmar esta semana un acuerdo con el Vaticano.

Los chinos, altamente supersticiosos, se profesan ateos, como ausencia de creencia en Dios impuesta por el partido; sin embargo, su altar tiene más dioses que cualquier otra religión y desde 1978, tras la muerte de Mao, les han dejado, mal vistos, pero libres. Visitar Shanghai, con 33 millones de habitantes, no es distinto de New York, capital del mundo, excepto que es más monumental, puesto que construida en las últimas décadas, siguiendo la política socialista de impresionar, sus edificios son más grandiosos, altos y profusos, borrando rápidamente lo que queda del pasado comunista de 50 metros por habitación, sin baños ni cocinas, igual patrón siguen otras, al menos 11 ciudades con más de 10 millones de habitantes: la juventud de una calle China viste, anda, desea y consume igual que en cualquier otra ciudad del mundo, excepto por la uniformidad racial y, como en cualquier otro lugar, su interés por la política, es escaso: no les interesa el comunismo, ni el capitalismo, solo pasarla bien y consumir.

En China hay y producen, de todo, excepto calidad; en esta última, si bien su patrón de consumo mira a América, tienen su ilusión en los estándares alcanzados por Japón y Singapur, sobre todo en las garantías jurídicas, pues en una sociedad con muy baja delincuencia, la querella de la calle es la corrupción de los miembros de la jerarquía del Gobierno, miembros del único partido, el PCC: La calidad es exigencia cuando desaparece la necesidad, pero no espere que funcione bien ningún enchufe o accesorio.

Ya lo producen, pronto lo harán bien. Si no espera la cortesía japonesa, la calidad europea o la libertad americana, venga, que China tiene todo lo demás y no dude que en su segundo viaje, podría tener eso también.

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